10 noviembre, 2009
Gol de media cancha
Una de las alegrías máximas es el momento en el que el equipo favorito logra marcar un gol. Y si son varios, mucho mejor.
Por supuesto que hay goles y goles.
Están los que abren el camino a la victoria.
Los que generan la ilusión pasajera que se va con la remontada del rival.
Los que encausan un partido difícil, trabado, muy parejo y peleado.
Los del honor, para marcar presencia en una goleada que nos deja maltrechos.
Están los goles “de otro partido”, que por sus características estéticas, disonantes con el trámite del juego, son memorables.
Los hay de todo tipo.
Los que resultan de una jugada colectiva.
Los que nacen de una incursión individual.
Los que vienen después de un centro por tiro libre o de esquina.
Los que llegan de carambola después de varios rebotes.
Los tristes goles en contra.
Los goles que son más desacierto del arquero que producto del delantero.
La lista puede seguir por varios días.
Entre todos los tipos de goles existentes creo que el imaginario popular destaca como de mayor envergadura algunos muy especiales.
El gol olímpico: genialidad que desde el tiro de esquina se clava en el arco, sin intermediación alguna.
El gol de media cancha: tan inusual como el anterior, requiere de potencia por parte del atacante y un factor sorpresa para el arquero.
Es tan especial este tipo de gol que habitualmente el futbolero, hablando sobre un gran acierto en cualquier orden de la vida, dice que es “un gol de media cancha”.
Espero que todos ustedes tengan la oportunidad de festejar un gol de este tipo en su vida.
Es una alegría enorme.
Se los digo por experiencia: disfruté de uno así el sábado pasado.
Todavía mi memoria pasa el “replay” a cada rato, justo antes de recordar a mi hijo levantar los brazos al cielo, puño cerrado y sonrisa en la cara.
14 octubre, 2009
Alivio
La suerte indicó que uno que entraba a defender la pescara en el área para marcar el gol de la victoria, que obligará a estudiar geografía: ahora deberemos aprender nombres de ciudades sudafricanas.
El fútbol a veces es así, premia al que quiere y busca menos, pero acierta en su única oportunidad.
Para algunos el pasaje al mundial es la alegría de la vida.
Esta vez creo que para una gran cantidad de albicelestes, en cambio, es el alivio de evitar la cargada de los que estaban esperando que nos quedáramos en el camino.
Hoy respiramos. Nos salvamos del abismo.
La ilusión se irá renovando poco a poco.
Estaremos atentos al sorteo, esperando que esta vez el rey vecino no nos saque la bolilla caliente de una potencia europea.
Quizá tengamos que prepararnos, una vez más, para el “grupo de la muerte”.
Estudiaremos a los rivales y sus temibles artilleros. Descubriremos defensas impenetrables.
Repasaremos la historia y abrazaremos la idea de que muchas veces campeones son los que no llegaron bien.
Volverán a rondar los fantasmas del pasado y nos acordaremos de las tristes despedidas que nos tocó vivir.
Reaparecerán las teorías conspirativas.
Mientras, comenzarán los conteos regresivos y los sorteos de viajes.
Aumentará la venta de televisores.
Los "cabuleros" estarán atentos a la marca, el diseño y el lugar de fabricación del nuevo modelo de camisetas. Se venderán muchas, de las originales y de las truchas.
Esperaremos la lista definitiva de convocados. Seguirá la polémica y se reconstituirá la esperanza de que alguna estrellita europea demuestre sus quilates ya jugando contra equipos de todo el mundo.
Volverán los días de junio en que las escuelas dejan de dar clases para ver los partidos.
Los medios harán notas para mostrar cómo se viven los partidos en la Quiaca, Usuahia o los dos.
Pero momento... no hay que adelantarse.
Hay que aprovechar un poquito de tranquilidad… un suspiro y un poco de calma nos vienen bien por ahora.
13 octubre, 2009
Hora y media
El fútbol es así: marca el ritmo del corazón de los que sufrimos por amor a la camiseta. Por querer la gloria. Por evadir las cargadas lacerantes.
En términos generales el hincha siempre quiere ver a su equipo jugar bien y ganar. Cuando la materia prima es escasa o está desorganizada, el conformismo también se encuentra en ganar uno a cero aunque sea con un gol en contra. Y a veces hasta un empate se festeja.
El resultado define el humor y también las expectativas.
El éxito despierta el apetito y multiplica las exigencias. El fracaso potencia las urgencias.
En términos muy específicos, hay partidos que son distintos. Son únicos. Se los llama “clásicos”. Sabemos muy bien que esos son los que se deben ganar si o si. O, al menos, como único Plan B, no perder.
Las ambiciones estéticas se diluyen y el resultado final es lo más importante.
Esta renuncia a las pretensiones de belleza futbolística se firma con escribano público si del resultado depende una clasificación, un campeonato o un ascenso (ni que hablar de un descenso).
El hincha necesita el resultado. Está dispuesto a alentar siempre y cuando desde la cancha perciba que la actitud del equipo lo merece. El límite entre los gritos de apoyo y los insultos está precisamente en la percepción de que alguien no puso la pierna fuerte, no corrió lo que debía, no se tiró al piso si hacía falta.
La actitud, importante en cualquier orden de la vida, es imprescindible en un clásico. En los partidos que definen todo no hay lugar para timoratos, indecisos y desentendidos.
A veces con pura actitud se da vuelta un resultado y se logra lo que no estaba en cálculos de nadie. La belleza de la sorpresa del fútbol, quizá único deporte en el que el más débil o el que llega peor puede llevarse la gran alegría.
El buen juego puede ser un gran aliado para el resultado, pero el destello no debe ser de pirita. El oro verdadero es para los que se visten el traje de héroes, meten o evitan goles. Pasar a cuatro aunque sea con dos caños y quiebres de cintura, para tirarla afuera, no abre un espacio en el lugar de los destacados.
La actitud, entonces, fundamental. El buen juego, una gran ayuda.
Y, por último, la suerte. Esa es la que puede terminar guiñando el ojo a uno o a otro. Veremos cómo se comporta en estos días, y para qué lado yira el mundo, cuando dos archirrivales tangueros definan, en poquito más de hora y media, el humor de varios años.